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Jueves, 12 de enero de 2017 | Leída 42 veces
OPINIÓN

Año nuevo, viejos recuerdos

[Img #13937]MANUEL DOBAÑO.

Periodista.

 

Para aquellos que no lo sepan, la Hoja del Lunes era un semanario que editaba la antigua Asociación de la Prensa de Barcelona para facilitar el descanso dominical de los demás periódicos, y cuyos beneficios se destinaban a ayuda de viudas y huérfanos de los periodistas. Pero la cosa se empezó a truncar tras la irrupción de los diarios en el mercado de los lunes. “Silenciados en nombre de la libertad de expresión” (21-02-1983), firmado por Josep Mª Cadena, era el titular de la editorial de despedida de esta desaparecida publicación. Después de casi sesenta años, “el periódico de los periodistas ha sido vencido por el surgimiento de una competencia que lo ha hecho económicamente inviable”, se lamentaba el amigo Cadena.    


De mi añorada etapa de corresponsal de la Hoja del Lunes, medio en el que me formé como periodista, en paralelo con la Agencia Efe, recuerdo el buen rollo que reinaba entre los compañeros de la redacción y el resto de colegas de las diferentes demarcaciones barcelonesas. Carmen Alcalde era la redactora jefa, la cual acostumbraba a chincharme todos los fines de semana para que no bajara la guardia informativa. “Manolo, ahora mismo tengo una página en blanco reservada para ti. Me la tienes que llenar”, era una de las advertencias habituales que me lanzaba, sobre todo, en verano. “Tú déjate caer por el aeropuerto, o por las zonas turísticas del delta del Llobregat, y seguro que encontrarás tema”, me decía.          


Justo ahora, que acabamos de estrenar un año nuevo, era invadido por la nostalgia y me volvía a acordar de aquellos excitantes años en los que tenía la necesidad imperiosa de llenar páginas en blanco. Algo que, no sin cierto esfuerzo, intento hacer también cada semana para no perder el contacto con el noble oficio de juntar palabras. Y siempre que encuentro mi mente en blanco, suelo recurrir a mi amigo y vecino (“El Cínico”), al que le contaba que, en los lavabos del restaurante barcelonés en el que celebré mi santo (el 1 de enero), me llevé un sobresalto morrocotudo al creer que me había topado con mi alter ego, al que no dejé de saludar. Todo fue producto del efecto óptico de un espejo gigante y de los efluvios del cava; una alentadora alucinación para encarar con optimismo el 2017.

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