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Jueves, 23 de febrero de 2017 | Leída 84 veces
OPINIÓ

Redes sociales y populismo: deprisa, deprisa

[Img #14475]ÁNGEL T. GARCÍA.

Periodista.

 

El acceso indiscrimado y desjerarquizado de las masas a una nueva comunicación, directa, sin intermediarios encargados de dotarla de veracidad, está provocando que se formen bolos alimenticios en los que se mezcla la opinión y la información, contrastada o no, de primera, segunda o tercera mano...


Se divulgan informaciones que pueden ser verdaderas o no. Contrastadas o no. Verificadas o no. Y lo puede hacer tanto Agamenón como su criado. Tanto el mismísimo presidente de los Estados Unidos, el inefable Donald Trump, como el último troll sin identificar que utiliza una foto falsa en su perfil.


Pueden ser informaciones u opiniones. O ambas cosas. O ninguna de ellas. No importa: todo se traga y a otra cosa, mariposa, que no hay tiempo para la reflexión. En Estados Unidos, los dirigentes actuales no se han cortado y han inventado algo que lo define perfectamente: la “posverdad”. Ni verdad ni mentira: un paso más allá. Los italianos ya lo sabían: Si non e vero e ben trovato, siempre han dicho.


Este panorama comunicativo le va perfecto al populismo, práctica política que se basa en buscar soluciones sencillas y agradables a problemes antiguos y difíciles. A partir de la crítica despiadada de lo existente, es capaz de ofrecer panaceas. Utiliza para ello todas las herramientas de las que disponen, y las redes sociales son maravillosas. Donald Trump parece que gobierne desde twitter y no es raro que haya partidos que organicen estructuras profesionales de trolls en las redes cuyo único fin es desprestigiar al contrario. Pasa en la derecha y en la izquierda. En 140 caracteres es difícil hablar de ideologia. Y muy oportuno no hacerlo, en tiempos prosaicos y prácticos, en los que cada uno va a la suya.
 

Cualquier anécdota, cualquier nimiedad, puede servir para organizar verdaderas campañas masivas de desinformación, de acusaciones raras, de cachondeos varios, de “memes”... Pasa en la política pero también en muchos otros ámbitos. Es la cara amarga de unas redes que también tienen sus aspectos positivos, ya que su inmediatez, proximidad y universalidad también están ayudando al progreso. Pero esa vertiente negativa está haciendo sufrir a la democracia. Las redes sociales son algo así como una gran asamblea en la que parece tener razón el que más grita o el que más rápido va. La estética está venciendo a la ética. Gana “likes” quien más provoca, quien más llama la atención. Y los viejos discursos aburren. La reflexión ha sido derrotada por la prisa y la provocación.


Pero nos queda la esperanza de que pase la moda y confiar en que el exceso de ruido desprestigie definitivamente a las redes sociales. No se puede estar en contra de su existencia. No se les puede dar la espalda. Ahora bien, lo que por ellas corre no deja de ser una versión 2.0 de las sombras de la caverna de Platón. Si ya es difícil comunicar de forma veraz desde el periodismo, de manera profesional y científica, parece imposible hacerlo desde las redes sociales, anárquicas y amateurs.
 

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