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Lunes, 26 de junio de 2017 | Leída 40 veces
OPINIÓ

La insensatez de no educar por la diversidad

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[Img #15929]RUBÉN CASTRO.

Primer secretario de la Joventut Socialista del Baix Llobregat y vicesecretario de Política Municipal, Igualtat i Llibertat del PSC Sant Andreu de la Barca.

 

Se habla hoy mucho sobre liderazgos, estadistas y visionarios que aparentemente deben traer las soluciones a los retos actuales, pero que se fijan más en las consecuencias que en las causas sobre las que actuar.

 

Una estrategia equivocada, o mejor dicho, una falta de estrategia ante problemas como el que hoy quiero tratar: la situación de lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales que nos lleva a seguir conmemorando un año más el día del Orgullo LGTBi.

 

Si nos referimos a la situación española, la aprobación del matrimonio igualitario y los esfuerzos de los organismos públicos para visibilizar la diversidad han sido decisivos aunque aún insuficientes.

 

Los avances alcanzados durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero trajeron más dignidad a un país en el que tan solo unas décadas atrás tuvimos una ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, (anteriormente ley de vagos y maleantes) que amparaba la persecución de homosexualesequiparándolos a proxenetas, traficantes de drogas, etc.

 

Sin embargo, estamos todavía lejos de alcanzar una igualdad real en la que todas las ciudadanas y ciudadanos sean cien por cien libres e iguales. Basta con ver las informaciones sobre agresiones, acoso escolar y discriminación por LGTBfobia que suceden día tras día. O la promoción de personajes que aseguran “curar” la homosexualidad. E incluso el intento de la extrema derecha por dividir a la sociedad mediante autobuses con mensajes de odio amparados en la libertad de expresión.

 

Además, a día de hoy, Naciones Unidas alerta de que en uno de cada tres países aún se persigue la homosexualidad con penas de arresto y encarcelamiento, e incluso en algunos se contempla el asesinato.

 

Pese a todo, ese odio y exclusión social tienen solución y se puede “curar” con una herramienta llamada educación.

 

Una de las medidas concretas y urgentes es introducir en el currículum escolar la educación de los Derechos Humanos, la promoción del respeto y la diversidad. Y hacerlo de forma transversal, pero con dedicación horaria concreta mediante asignaturas como Educación sexual y afectiva o la ya extinguida Educación para la Ciudadanía.

 

Se me ocurren pocas insensateces mayores que privar a nuestra infancia y jóvenes de formación sobre como convivir, respetarnos y tratarnos.

 

Nadie discute la enseñanza de la educación física para promover una parte de los hábitos deportivos y saludables. Por ello tampoco deberíamos dudar de la educación emocional y sexual, sobre la convivencia y los derechos y deberes de la ciudadanía.

 

Es una tarea que exige voluntad clara e inequívoca de los poderes públicos, como hiciera hace una década el gobierno socialista, pero también la cooperación de todo el sistema educativo, especialmente familias y entorno de pequeños y jóvenes.

 

Un proceso que debe acompañarse de la creación de servicios de atención e intervención LGTB en los municipios, que vayan más allá de las campañas de sensibilización. Y que desarrolle las leyes como las aprobadas en Cataluña, que hasta ahora han contado con un presupuesto e impulso insuficientes.

 

Porque aunque en muchos pueblos y ciudades encontramos buenas prácticas lideradas por los gobiernos municipales, por el propio profesorado o por entidades, sin una hoja de ruta a nivel estatal y autonómico estaremos perdiendo una oportunidad para todas y todos.

 

En definitiva necesitamos más presupuesto de Gobierno, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos para políticas LGTBi, educación en igualdad, educación sexual y servicios de atención LGTBi de proximidad.

 

Solo así, sembrando hoy las semillas del respeto y los buenos tratos, mañana recogeremos los frutos de la igualdad. 

 

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