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Jueves, 11 de enero de 2018 | Leída 176 veces
OPINIÓN

El Barranco

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[Img #18069]RAÚL MONTILLA.

Periodista y escritor.

 

Las rondas sin coches, sin asfaltar, eran un extraño campo baldío rodeado de urbanidad metropolitana: de cemento y de huertos ilegales. Algunos de estos campos de cultivos subsisten. Y en el punto más elevado de una nueva crisis, la última, han vuelto a ser sustento más que afición. Otros han concentrado durante un tiempo actividades bien distintas a las agropecuarias: desde la prostitución a locales de ocio que no eran locales, porque estaban al aire libre, y en donde se servía garrafón.

 

Esas rondas entonces vacías de sentido, llenas de arena y preolímpicas, eran el camino más directo para que los chicos del Barranco y alrededores llegáramos a la cercana y a la vez lejana Barcelona. ¡Y a un parque! El Cervantes. Nosotros teníamos otras cosas: solares, espacios para hacer cabañas con maderas abandonadas, charcas en las que a veces se mezclaba el agua con el aceite de motor de un coche, en los que cazábamos renacuajos que para nosotros siempre eran cabezones. Pero no el Cervantes. 

 

También teníamos jeringuillas por el suelo. Y de tanto en tanto en uno de los solares, el que se llenaba de coches con parachoques de hierro delante de la Telefónica antes de que estuviera el edificio de la Telefónica, algún yonki con sobredosis.

 

El Barranco, una tierra de nadie entre l’Hospitalet y Esplugues; en donde uno de los quinquis de los 80, uno de tantos, llevaba las motos que robaba en Barcelona para desguazarlas. Donde recalaban El Churrina, El Botijo o El Tonel. Donde adolescentes de fuera del barrio esnifaban cola que robaban de la misma tienda en la que mis padres –y muchos otros vecinos- compraban el papel para decorar las paredes. El vendedor tenía un gemelo. O eso creo. Estaba harto. 

 

Mi hermano fue el primer chico del barrio -si no el primero, sería el segundo- en llegar a la universidad cuando en la radio, y en la calle, sonaban, entre otros, Cantores de Híspalis. Quizás los años engañan, el tiempo siempre distorsiona y difumina los sentimientos, pero desde casi siempre tengo muy presente que esa hazaña generó cierto respeto en el barrio. Y orgullo. Se abría un camino, uno diferente, sin asfaltar, pero que llevaba a algún sitio. Hubo más caminos, más sitios, aunque otros no llegaron al final o el final llegó antes a ellos. 

 

Pero... El ascensor social. La esperanza.

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