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Jueves, 12 de Mayo de 2022
OPINIÓN

Espionajes y servidumbres

JUAN CARLOS RUIZ. Periodista

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Los casos de espionaje que están saliendo a la luz no hacen más que poner de manifiesto la fragilidad de nuestra seguridad. Tanto la que se presupone que nos ha de garantizar el Estado, como la de grupos activistas o de políticos de determinada ideología que no interesan a poderes más o menos sombríos... o como la nuestra individual.

 

Nadie está a salvo de intrusos, sean de carne y hueso o de máquinas algorítmicas, con ganas de entrometerse en las cuestiones más privadas e íntimas que cada cual puede almacenar en un aparato tan aparentemente inofensivo como un teléfono móvil. Que levante la mano quien no haya sospechado tras recibir anuncios de productos sobre los que hacía poco había hablado con alguien.

 

Tampoco hay que pecar de ingenuos. Si como sociedad hemos asumido como algo positivo los avances tecnológicos y un concepto hiperdesarrollado de aldea global que nos permite adquirir productos de la otra parte del planeta con pasmosa facilidad, no podemos pensar que eso no tendría contrapartidas y todo iba a ser un camino de rosas.

 

El mundo del crimen, del espionaje, del servicio al poder, o simplemente el cainismo, consustanciales a la humanidad –como lo son el progreso y la solidaridad, todo cabe en la viña del señor–, no iban a desaprovechar la ocasión de globalizarse y de universalizar el número de potenciales víctimas. Sí, somos espiados, y posiblemente lo hemos aceptado sin atender la letra pequeña de allí donde clicamos.

 

El filósofo francés Étienne de la Boétie escribió en el siglo XVI en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria: “Toda servidumbre es voluntaria y procede exclusivamente del consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce el poder”. Osado y original en su día, hoy parece profético.

 

Así, más allá de la necesaria e higiénica investigación sobre los casos mediáticos de espionaje recientemente conocidos o aireados, como sociedad debería alertarnos lo que los legisladores decidan sobre la invasión de nuestras vidas por vía tecnológica. Y optar: queremos estar más y mejor protegidos como individuos, incluido nuestro derecho a la intimidad, o preferimos un control orwelliano de lo que el poder establezca como no deseable, como anhela cierta derecha extrema y aliada de los métodos de Putin.

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