OPINIÓN
Pues sí. Ha ganado Trump
ÁNGEL T. GARCÍA. Periodista
![[Img #56927]](https://elfar.cat/upload/images/11_2024/6128_angel.jpg)
Estoy en el bar donde me refugio cuando estoy deprimido. No se asusten. Una caña. Ni me quedaré a ver el fútbol. Un amigo de barra, de esos que no tienen nombre, me pregunta: Oye, tú que sabes de todo, ¿por qué ha ganado Trump? (Pobrecito. No sabe que los periodistas en realidad no sabemos de nada).
Pongo cara de tertuliano y le hablo de la crisis interna del Partido Demócrata. Que cambiaron de candidato. Que hay 20 millones de votantes propios desactivados porque en los cuatro años de mandato no han trabajado lo suficiente e, incluso, han virado hacia la derecha. Que no han hecho ninguna política espectacular. Que no se han definido en política internacional y que todo el mundo se ha reído en su cara. También he dejado ir que parece que una mujer no puede ganar las elecciones en Estados Unidos. No he querido hablar de motivos étnicos. Ese tema me cansa.
Asimismo, le trato de explicar que allí el voto se lucha previamente, haciendo que la gente se inscriba en los censos electorales y que esta vez el Partido Republicano ha perseguido a su gente para que lo hiciera, que aprendió de su fracaso anterior. “Imagínate, amigo mío, que aquí debiéramos ir a una oficina, previamente, a darnos de alta como votantes. ¡Si ya nos molesta “perder” un domingo para ir a las urnas! ¡La de críticas que le cayeron a Sánchez por convocar elecciones en julio!”
–Ya. ¿Pero porque ha ganado Trump? Si tan impresentable es…
Uf. La cosa se ha puesto seria. He recordado la famosa frase de Bill Clinton que le hizo ganar unas elecciones: “Es la economía, idiota”. Se refería a que la política ya no era ideología y gestión; era economía y gestión. Y le espeto a mi amigo a la cara: “Ha sido apoyado por los poderes económicos”. Esos que participan del Movimiento “Make America Great Again”.
–Ah! Que el voto de esos vale más…
Me siento estúpido. Me está tomando el pelo y yo me lo merezco. Debo ser el tontolaba socialdemócrata que puede escorar al centro si las cosas se tuercen, pero que se siente un estupendo izquierdista en las conversaciones de café. Europeo anticuado, al fin, en un mundo en el que más de 140 caracteres juntos ya no se leen y en el que un chiste o un zasca es más importante que un programa electoral.
¿Ven? Ya me he vuelto a poner en plan listillo. ¡Con lo fácil que es dejarse llevar por los vídeos de TikTok y las noticias sin contrastar! Lo estupendo que parece ese gran intelectual, Iker Jiménez, haciendo de reportero/tertuliano/presentador tras la Dana en Valencia, afirmando sin despeinarse que “en el parking de Bonaire hay muchos cuerpos. Muchos cuerpos. Muchos”.
–Eh! Que te olvidas de que hablamos de Trump. Un tipo que, con causas judiciales múltiples, lo peor de lo peor, vuelve a gobernar el país que se cree el más importante del mundo. Y tú divagas. ¡No sabes por qué!
Joder con el colega. ¡Me está dando la noche! Trump –le explico ya con la chaqueta antidana puesta–, es el máximo exponente de la estulticia, pero es inteligente. Domina como nadie los mecanismos de la nueva comunicación. Está apoyado por Elon Musk, propietario de X (antes Twitter) y las grandes tecnológicas del sector. Chapotea como nadie en un mundo muy líquido, regido por principios muy ajenos a la ética de la información: No trates de convencer a nadie. Todo el mundo tiene razón. Su razón. No importa que te argumente un premio Nobel. ¡Qué va a saber ese! Si hay un tipo en las redes sociales que dice lo contrario ¡Y ha hecho un vídeo que lo demuestra!
Las redes sociales y la nueva comunicación han alimentado un individualismo atroz, contra el que poco se puede hacer. ¡Quién lo iba a decir! El exceso de información genera desinformación. Estamos infoxicados.
La cosa en el bar se complica. Otros tertulianos tienen algo que decir. ¡Y qué opiniones, Dios mío!, ¡hacen de Abascal un santo!
Huyo. Salgo a la calle y voy acordándome de la Ley de Brondolini, también conocida como el principio de asimetría de la estupidez. Según la Wikipedia, se trata de “un adagio de Internet que enfatiza la dificultad de desacreditar información falsa, cómica o engañosa: la cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas”.
Pienso que estoy muy cansado. Me refugio en mis pensamientos más primarios y camino para casa. A ver si llego a tiempo para ver el partido en la tele.
![[Img #56927]](https://elfar.cat/upload/images/11_2024/6128_angel.jpg)
Estoy en el bar donde me refugio cuando estoy deprimido. No se asusten. Una caña. Ni me quedaré a ver el fútbol. Un amigo de barra, de esos que no tienen nombre, me pregunta: Oye, tú que sabes de todo, ¿por qué ha ganado Trump? (Pobrecito. No sabe que los periodistas en realidad no sabemos de nada).
Pongo cara de tertuliano y le hablo de la crisis interna del Partido Demócrata. Que cambiaron de candidato. Que hay 20 millones de votantes propios desactivados porque en los cuatro años de mandato no han trabajado lo suficiente e, incluso, han virado hacia la derecha. Que no han hecho ninguna política espectacular. Que no se han definido en política internacional y que todo el mundo se ha reído en su cara. También he dejado ir que parece que una mujer no puede ganar las elecciones en Estados Unidos. No he querido hablar de motivos étnicos. Ese tema me cansa.
Asimismo, le trato de explicar que allí el voto se lucha previamente, haciendo que la gente se inscriba en los censos electorales y que esta vez el Partido Republicano ha perseguido a su gente para que lo hiciera, que aprendió de su fracaso anterior. “Imagínate, amigo mío, que aquí debiéramos ir a una oficina, previamente, a darnos de alta como votantes. ¡Si ya nos molesta “perder” un domingo para ir a las urnas! ¡La de críticas que le cayeron a Sánchez por convocar elecciones en julio!”
–Ya. ¿Pero porque ha ganado Trump? Si tan impresentable es…
Uf. La cosa se ha puesto seria. He recordado la famosa frase de Bill Clinton que le hizo ganar unas elecciones: “Es la economía, idiota”. Se refería a que la política ya no era ideología y gestión; era economía y gestión. Y le espeto a mi amigo a la cara: “Ha sido apoyado por los poderes económicos”. Esos que participan del Movimiento “Make America Great Again”.
–Ah! Que el voto de esos vale más…
Me siento estúpido. Me está tomando el pelo y yo me lo merezco. Debo ser el tontolaba socialdemócrata que puede escorar al centro si las cosas se tuercen, pero que se siente un estupendo izquierdista en las conversaciones de café. Europeo anticuado, al fin, en un mundo en el que más de 140 caracteres juntos ya no se leen y en el que un chiste o un zasca es más importante que un programa electoral.
¿Ven? Ya me he vuelto a poner en plan listillo. ¡Con lo fácil que es dejarse llevar por los vídeos de TikTok y las noticias sin contrastar! Lo estupendo que parece ese gran intelectual, Iker Jiménez, haciendo de reportero/tertuliano/presentador tras la Dana en Valencia, afirmando sin despeinarse que “en el parking de Bonaire hay muchos cuerpos. Muchos cuerpos. Muchos”.
–Eh! Que te olvidas de que hablamos de Trump. Un tipo que, con causas judiciales múltiples, lo peor de lo peor, vuelve a gobernar el país que se cree el más importante del mundo. Y tú divagas. ¡No sabes por qué!
Joder con el colega. ¡Me está dando la noche! Trump –le explico ya con la chaqueta antidana puesta–, es el máximo exponente de la estulticia, pero es inteligente. Domina como nadie los mecanismos de la nueva comunicación. Está apoyado por Elon Musk, propietario de X (antes Twitter) y las grandes tecnológicas del sector. Chapotea como nadie en un mundo muy líquido, regido por principios muy ajenos a la ética de la información: No trates de convencer a nadie. Todo el mundo tiene razón. Su razón. No importa que te argumente un premio Nobel. ¡Qué va a saber ese! Si hay un tipo en las redes sociales que dice lo contrario ¡Y ha hecho un vídeo que lo demuestra!
Las redes sociales y la nueva comunicación han alimentado un individualismo atroz, contra el que poco se puede hacer. ¡Quién lo iba a decir! El exceso de información genera desinformación. Estamos infoxicados.
La cosa en el bar se complica. Otros tertulianos tienen algo que decir. ¡Y qué opiniones, Dios mío!, ¡hacen de Abascal un santo!
Huyo. Salgo a la calle y voy acordándome de la Ley de Brondolini, también conocida como el principio de asimetría de la estupidez. Según la Wikipedia, se trata de “un adagio de Internet que enfatiza la dificultad de desacreditar información falsa, cómica o engañosa: la cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas”.
Pienso que estoy muy cansado. Me refugio en mis pensamientos más primarios y camino para casa. A ver si llego a tiempo para ver el partido en la tele.










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