OPINIÓN
Ni la más loca distopía
ÁNGEL T. GARCÍA. Periodista
![[Img #63238]](https://elfar.cat/upload/images/01_2026/8270_angel-t-garcia-copia.jpg)
Me encontraba eufórico. Y conmigo, mi algoritmo. Visto solo unos meses después de que todo empezara, no dejaba de ser sorprendente. Que todos los estados de Estados Unidos se hubieran integrado en la Unión Europea a aquella velocidad, después de que un impeachment urgente del presidente norteamericano le hubiera obligado a dimitir y que se derrumbara, como un castillo de naipes, toda la débil administración federal, había sido inesperado.
Ni la más loca distopía se había atrevido a plantear un desenlace tan tremendo de aquel primer año y pocos meses de presidencia, tiempo en el que había sido capaz de enemistarse con casi todo el mundo, gobernando a golpe de ocurrencias y poniendo en peligro la estabilidad de la economía mundial. La destitución se había acelerado a causa de multitud de acusaciones que llovieron de pronto, sobre cuestiones relacionadas con la grave deriva autoritaria que había hecho peligrar la democracia, así como ciertas carencias morales y una inestabilidad mental manifiesta del propio líder.
Que Estados Unidos y Europa, después de aquel alejamiento tan peligroso causado por las pretensiones territoriales del presidente yankee sobre un territorio danés, se aproximaran tanto hasta el punto de fundirse, se podía explicar tras aquella gran conferencia internacional conjunta ofrecida con motivo de la vuelta del Reino Unido a la Unión Europea. Los líderes de los principales países europeos, bajo una sola bandera, habían definido a Europa como un solo Estado, en el que el bienestar de las personas era el principio y el fin.
Recuperaron esencias como la preponderancia de la economía productiva sobre la financiera, la igualdad de oportunidades y la total atención hacia lo público: sanidad, educación, cultura, vivienda, pensiones… También establecieron la necesidad de que exista el pacto social y que se salvaguarden los derechos laborales, además de juramentarse para defender los derechos humanos y su compromiso con la lucha contra el cambio climático.
Nada sonó a naftalina. La ciudadanía europea, acostumbrada al relato, no pudo sino sonreír. Pero, al otro lado del Atlántico, con las instituciones en crisis, el mensaje sonó poético. Recogidas de firmas, iniciativas populares, manifestaciones masivas nunca vistas, las redes sociales al rojo vivo (como siempre, pero más); la parálisis, en fin, de una sociedad que veía como las desigualdades estaban acabando con su espíritu de pueblo, forzaron la dimisión del vicepresidente entre lágrimas. ¿Y ahora qué hacemos? Se habían preguntado, en un país en que no se pueden adelantar las elecciones presidenciales.
La propuesta llegó de California, el estado más alejado de Europa, físicamente pero no sentimentalmente: “Queremos volver a ser europeos” fue el grito común que se fue expandiendo como el aceite por los cincuenta estados de la Unión. “Juntos seremos más fuertes” se contestó desde Europa. Esto sí que era un MAGA. Esto sí que era desear unos Estados Unidos fuertes, que volvieran a creer en la comunidad internacional y la igualdad entre los hombres y mujeres del planeta.
La unión iba a hacer también que Europa fuera más segura y que se fortaleciera su papel de árbitro y garante de la paz internacional.
¡Todo iba tan bien! ¡Lo tenía yo tan claro…!
Pero entonces llegaron ellos. Me sacaron a empujones de mi casa. Y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas. Donde vienen a verme mis amigos de mes en mes. De dos en dos y de seis a siete.
![[Img #63238]](https://elfar.cat/upload/images/01_2026/8270_angel-t-garcia-copia.jpg)
Me encontraba eufórico. Y conmigo, mi algoritmo. Visto solo unos meses después de que todo empezara, no dejaba de ser sorprendente. Que todos los estados de Estados Unidos se hubieran integrado en la Unión Europea a aquella velocidad, después de que un impeachment urgente del presidente norteamericano le hubiera obligado a dimitir y que se derrumbara, como un castillo de naipes, toda la débil administración federal, había sido inesperado.
Ni la más loca distopía se había atrevido a plantear un desenlace tan tremendo de aquel primer año y pocos meses de presidencia, tiempo en el que había sido capaz de enemistarse con casi todo el mundo, gobernando a golpe de ocurrencias y poniendo en peligro la estabilidad de la economía mundial. La destitución se había acelerado a causa de multitud de acusaciones que llovieron de pronto, sobre cuestiones relacionadas con la grave deriva autoritaria que había hecho peligrar la democracia, así como ciertas carencias morales y una inestabilidad mental manifiesta del propio líder.
Que Estados Unidos y Europa, después de aquel alejamiento tan peligroso causado por las pretensiones territoriales del presidente yankee sobre un territorio danés, se aproximaran tanto hasta el punto de fundirse, se podía explicar tras aquella gran conferencia internacional conjunta ofrecida con motivo de la vuelta del Reino Unido a la Unión Europea. Los líderes de los principales países europeos, bajo una sola bandera, habían definido a Europa como un solo Estado, en el que el bienestar de las personas era el principio y el fin.
Recuperaron esencias como la preponderancia de la economía productiva sobre la financiera, la igualdad de oportunidades y la total atención hacia lo público: sanidad, educación, cultura, vivienda, pensiones… También establecieron la necesidad de que exista el pacto social y que se salvaguarden los derechos laborales, además de juramentarse para defender los derechos humanos y su compromiso con la lucha contra el cambio climático.
Nada sonó a naftalina. La ciudadanía europea, acostumbrada al relato, no pudo sino sonreír. Pero, al otro lado del Atlántico, con las instituciones en crisis, el mensaje sonó poético. Recogidas de firmas, iniciativas populares, manifestaciones masivas nunca vistas, las redes sociales al rojo vivo (como siempre, pero más); la parálisis, en fin, de una sociedad que veía como las desigualdades estaban acabando con su espíritu de pueblo, forzaron la dimisión del vicepresidente entre lágrimas. ¿Y ahora qué hacemos? Se habían preguntado, en un país en que no se pueden adelantar las elecciones presidenciales.
La propuesta llegó de California, el estado más alejado de Europa, físicamente pero no sentimentalmente: “Queremos volver a ser europeos” fue el grito común que se fue expandiendo como el aceite por los cincuenta estados de la Unión. “Juntos seremos más fuertes” se contestó desde Europa. Esto sí que era un MAGA. Esto sí que era desear unos Estados Unidos fuertes, que volvieran a creer en la comunidad internacional y la igualdad entre los hombres y mujeres del planeta.
La unión iba a hacer también que Europa fuera más segura y que se fortaleciera su papel de árbitro y garante de la paz internacional.
¡Todo iba tan bien! ¡Lo tenía yo tan claro…!
Pero entonces llegaron ellos. Me sacaron a empujones de mi casa. Y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas. Donde vienen a verme mis amigos de mes en mes. De dos en dos y de seis a siete.










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